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Mariona Moncunill. En los días tempestuosos [un método]

A cargo de Manuela Pedrón Nicolau

«Si como habitantes de la Tierra solo nos queda estar con otros o volver a estar donde estuvieron otros, entonces la tarea más básica, la más honesta, la más difícil, consiste en identificar las huellas que nos acogen.»

 

Estas palabras vienen de una novela de Cristina Rivera Garza. La novela es Autobiografía del algodón, el capítulo se titula «[un método]» —así, en minúsculas; así, entre corchetes—. Ella defiende que el momento ético de toda escritura —es más, de toda experiencia— consiste precisamente en eso, en identificar las huellas que nos acogen. Ese es el método que desde hace muchos años sigue Mariona Moncunill. No lo hace desde la escritura, sino desde la práctica artística, pero una muy ligada con la narración. En sus obras, Mariona trama relatos que analizan cómo se conciben, categorizan y ordenan entornos naturales —las plantas, los animales no humanos, los desiertos— a través de las convenciones científicas, el cine comercial, los sistemas de creencias locales o la gestión forestal. Relatos que acaban desvelando los mecanismos, incongruencias, trampas y espejismos que soportan las dinámicas de control del conocimiento sobre los ecosistemas.

 

Un método que ahora se aplica al contexto de La Panera, a los campos que la rodean y al afán por controlar el impacto del clima sobre ellos. Un método que rastrea ahora las huellas del canal de Urgell, las huellas del granizo. A este nuevo proyecto, lo acompañan tres trabajos anteriores, concebidos en y para lugares distantes, desde sus burocracias, sus ficciones y sus mitologías. Lugares que cuentan historias, historias que cuentan lugares, todos ellos singulares, poco universales, quizá de esos que se identifican como periféricos desde los centros autoproclamados como tales.